Flotas extranjeras en el Atlántico: el desafío argentino de controlar la pesca ilegal

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Si alguna vez viste una imagen satelital del mar argentino de noche, seguro te llamó la atención un detalle raro: cientos de luces brillando en plena oscuridad, como si hubiera una ciudad flotando en el océano. Pero no, no es un crucero ni un espectáculo de bioluminiscencia. Son barcos pesqueros, en su mayoría chinos, que están ahí para cazar calamares sin descanso. Y el problema no es solo que sean muchos, sino el tendal de problemas ecológicos y económicos que dejan a su paso.

Un amanecer artificial

Aviones militares de argentina sobrevuelan la zona frecuentemente, inclinándose para capturar imágenes. Desde arriba, la flota pesquera parece un enjambre de estrellas. Pero en realidad es un ejército de barcos que, con luces potentes, engañan a los calamares para que suban a la superficie. «Es como un amanecer artificial», dice Milko Schvartzman, experto en pesca ilegal y conservación marina.

Pero detrás del brillo de esas luces hay un problema enorme: la sobrepesca masiva está dejando a la región sin calamares. Y esto no es solo una cuestión de exportación. El calamar es comida para peces, mamíferos marinos y aves. Si desaparece, el ecosistema entero se viene abajo como castillo de naipes.

Un problema global

Lo que pasa en la costa argentina no es un caso aislado. China agotó sus propias aguas y ahora su flota pesquera anda de tour por todo el mundo: África Occidental, el Mar de China Meridional, Sudamérica. «Un pez no entiende nuestras fronteras imaginarias», dice Schvartzman. En otras palabras, aunque los barcos pesquen justo fuera del límite de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) argentina, el daño no respeta líneas políticas. Lo que se llevan estos barcos, no vuelve.

Y hay algo más grave: el gobierno chino subsidia estas flotas con millones de dólares. O sea, les paga para que viajen miles de kilómetros y sigan pescando sin parar. Mientras tanto, los pescadores argentinos, con apenas 70 barcos dentro de la ZEE, ven cómo su captura cae y su futuro se vuelve incierto. «No hay otro lugar en el mundo donde más de 500 barcos operen sin regulación en un área tan pequeña», advierte Schvartzman.

Argentina reacciona, pero…

Para frenar esta depredación, la Armada Argentina patrulla la zona con aviones y corbetas. Su misión es detectar y disuadir a los barcos que intentan cruzar ilegalmente la ZEE. Pero controlar un territorio tan grande es un desafío gigante.

Muchos de estos barcos apagan sus sistemas de identificación para desaparecer de los radares y volver a encenderlos cuando ya es tarde. Datos de Global Fishing Watch y análisis satelitales han mostrado este patrón una y otra vez. Y el problema no es solo ecológico: en estos barcos también hay denuncias de trabajo forzado y abusos contra los tripulantes.

El mar nos está pidiendo ayuda

El calamar es solo una pieza del rompecabezas marino, pero si lo sacamos, todo el ecosistema tambalea. «Cualquier impacto en el calamar repercute en todo el océano», insiste Schvartzman. Y aunque hoy el problema golpea fuerte a Argentina, mañana puede explotar en otros lugares. Es una bomba de tiempo.

Las luces en el mar siguen encendiéndose cada noche, como un recordatorio de que amenaza sigue allí. Mientras cientos de barcos arrasan el océano sin control, la pregunta no es solo cuánto tiempo más podrá resistir el ecosistema, sino cuánto tiempo más permitiremos que esto ocurra.

La pesca ilegal no es solo un problema de Argentina, es un síntoma de un modelo depredador que agota los mares sin pensar en el futuro. Y si no cambiamos el rumbo, un día esas luces se van a apagar, no porque hayamos vencido la amenaza, sino porque ya no quedará nada por pescar.